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martes, 27 de febrero de 2018

RELATO FANTÁSTICO


La mujer del semáforo

-¡Mamá esta verde!
Mi hija de cinco años estiraba de su mochila con ruedas. A veces se soltaba de mi mano y llegaba al otro lado de la calle antes que yo.
- ¡Date prisa mamá que la señora del semáforo se va a cansar y va a poner la luz roja, y nos quedaremos a mitad de la calle y un coche nos pillará!
- ¡Qué no hay ninguna señora dentro del semáforo Laura, que es una luz automática que está programada! -Pero qué le cuento a mi hija de programar y de tecnología; ella está empeñada en que hay una mujer dentro del semáforo que cambia las luces a su antojo y que a veces no deja que pasen algunas personas lentas... además me dijo:
- ¡Porque tiene avaricia!- Pensé que Laura había aprendido esa palabra recientemente y le pedí que me explicara qué era avaricia para ella.
-Sí lo sé mamá, cuando me dices que coja una chuche y cojo muchas, ó cuando no le doy a mi hermana el bolígrafo rojo nuevo, y tu me dices "dáselo que tu tienes muchos" Y yo no se lo quiero dar porque se gasta muy pronto...
La verdad es que no veía por ninguna parte la explicación de Laura. Si yo fuera la mujer del semáforo ¿en qué se mostraría mi avaricia?
Entonces imaginé un posible mundo de mujeres que viven en los semáforos dando paso a los viandantes, a los coches, motos, perros, bicicletas y todo eso... y que esas mujeres tenían un sueldo en función del número de cosas que pasaran por la calle y de gente nerviosa esperando cruzar al otro lado; y que nos daban una paga extra a la que menos accidentes tuviese en un mes.
Yo era avariciosa y quería ser la mejor de todas las semaforeras de la calle. En un mes ni un solo accidente. Pero había una chica de melena negra y grandes gafas redondas, con el teléfono en las manos, la mochila a la espalda y los auriculares puestos en sus orejas, que todos los días cruzaba por mi semáforo para ir al instituto. Nunca miraba las luces del semáforo, cruzaba en tiempo justo; guiándose posiblemente por los pies de la gente. Yo no podía permitir que esa chica rompiese mi alta estadística. Todos los días era la última en llegar al otro lado. Tenía que darle un escarmiento o sería mi ruina.
Lo pensé y lo hice: Antes de que la joven pusiera un pie en el asfalto esa mañana, el último coche en frenar pisó una piedra que saltó directamente al cristal derecho de sus gafas. La chica ni oía ni veía; eso la dejó parada como una estatua, justo cuando yo cambiaba el semáforo a rojo. Yo era la mujer del semáforo que ganaba más de toda la calle por evitar accidentes. Pero me habían hablado de otra calle paralela donde se cobraba el doble, púes daban suculentas primas si provocabas accidentes, algunas compañeras ya se habían cambiado a esos semáforos; y yo me lo estoy pensando...
Pero desperté de mi ensoñación creativa porque quería hacer un cuento para mis hijas y con esta nueva versión no me parecía muy honrado.



viernes, 23 de junio de 2017

Presentación en Valencia

¡Hoy es el día! Se presenta el libro "Una casa prestada" En Valencia, en la biblioteca: La Petxina. En El Paseo de La Petxina nº 42. A las 20h. Por si alguien entra en este Blog por casualidad que se sienta invita@ a este evento.
Es un libro de 40 relatos, intemporales, mágicos y entretenidos ¿qué más se puede pedir?
¡Feliz día!

lunes, 5 de junio de 2017

POR FIN VUELVO A ESCRIBIR EN MI BLOG


Tengo un libro nuevo que acabo de publicar. Y es una gran ocasión para poner en este espacio las novedades literarias. El libro se titula "Una casa prestada" La portada como en el anterior que publiqué con mi amiga María Teresa Bosque es de David Salvador, maquetación Diego Obiol, Edición Marta Salvador. Editado porFábrica de culturahttp://www.fabricadecultura.com/

domingo, 14 de diciembre de 2014

MICRO CUENTOS

                                                                          GRIS
Estaba la mañana gris, como su vida misma, como aquél chaquetón que siempre le regalaban sus hijos por navidad.
                                                                        VACIA

No consiguió  levantarse, no había crédito, no había materiales, no había ilusión. Y allí quedó, vacía y sin ventanas.

                                                              COSAS PENDIENTES

Tenía pendiente escribir su novela, arreglar el pantalón, pensar en la cena de navidad, comprar los regalos. Dejaría pendiente montar el árbol, pero sus nietas no la dejarían.



miércoles, 4 de abril de 2012

NOTAS SOBRE POSGUERRA E INFANCIA

Estoy leyendo más que nunca acerca de la guerra y la posguerra española: El corazón Helado ( Almudena Grandes), Los girasoles ciegos( Alberto Mendez), o La segunda guerra y las atrocidades nazis: La conjura Contra América. La sociedad del pastel de piel de patata. Estoy también cuando tengo tiempo y ánimos para ello, escribiendo las memorias de mi madre; una superviviente de ambas contiendas y de una época de penurias y sinsabores. Percibo en los escritos que nombro, olores y sabores, veo algunos paisajes como propios. En los olores he revivido los olores de España de posguerra, donde más escasearon los alimentos, y algunas cosas tan necesarias como el jabón o la gasolina, como el agua, la luz eléctrica, los vestidos o los zapatos. Aún yo lo viví, tener una muda de diario y otra de los domingos y festivos; unos zapatos para el invierno y unas sandalias para el verano, hasta que te crecía el pie y pasaban tus zapatos a algún hermano o hermana pequeña o primo o pariente del pueblo; y si tú eras la pequeña pasaban de tus hermanos a ti; en mí caso de mi hermana mayor. Yo era pequeña en ese tiempo, y para mí pronto llegó una época mejor, con más cosas que comer y que comprar; pero es curioso aquella olor a col cocida y a agua de remojar los garbanzos tardó mucho en irse de la casa de los pobres.

lunes, 16 de mayo de 2011

Cuento de navidad

Era navidad, teníamos vacaciones en el colegio y Valencia tenía muchas luces colgadas de los árboles; pero no en los árboles de mi barrio, las luces solo estaban en los árboles de la Plaza del Caudillo. En mi barrio rodeado aún de fértiles huertas y alguna vaquería con olor a estiercol, no habían luces en los árboles solo se engalanaban algunas tiendas, como la paquetería de las dos hermanas solteronas; y no por eso menos guapas y elegantes, que regentaban una paquetería droguería conocida por el nombre de la mayor, Marujín. O también la papelería librería donde comprábamos los libros de texto y todas las cartulinas, lápices, gomas y en estas fechas hasta papel de plata y oro, para confeccionar las estrellas de navidad. En esta tienda se colocaba en su escaparate el más variopinto y colorido belén de figuritas de barro. Además de contemplarlo desde la calle aquél belén te decía que si querías podías ponerte uno igual en tu casa, porque allí se vendía todo lo necesario.

En mi casa no poníamos belén, ni tampoco árbol; hacíamos estrellas de cartulina forradas de papel de oro o plata y las colgábamos de la lámpara del comedor, que para algo era una araña de bronce y se dejaba colgar de todo.
El belén sí que lo montaban en casa de mis amigas de la puerta cinco y a veces nos dejaban ayudar en su montaje, pero por si se rompían las figuras, a los niños no nos dejaban cogerlas, osea que los belenes de esa época era para los niños y niñas pero solo de mirones.
Lo del árbol de navidad, eso vendría más tarde, porque en los años cincuenta aún prevalecía el nacimiento como el verdadero motivo navideño. Cuando pasaba la navidad, vendrían los reyes magos; Papá Noel no había sido invitado aún en las fiestas navideñas de mi barrio. En la noche de reyes en cada casa había una costumbre, en unas se dejaban los zapatos de los niños y niñas en el balcón, en otras se dejaba agua y comida para los camellos de los tres reyes; y en otras casas después de hacer todo eso los tres reyes y sus pajes salían de casa y volvían cargados de regalos. Yo solo tenía siete años y mi gran deseo para los reyes era que me trajesen un bebé, un muñeco que estaba expuesto en el escaparate de la tienda de Marujín. Era un bebé de más de cincuenta centímetros y con el color y la robustez de un niñito muy bien alimentado. Desde la calle se podía casi oler sus mofletes sonrosados y su trajecito azul, porque estaba rodeado de colonias, jabones y perfumes. El niño yacía boca arriba sobre un mullidito colchón, con los ojos azules muy abiertos; parecía que cobraría vida en el momento que una joven y tierna madre, niña, lo arrullara entre sus brazos. Pero este niño no se vendía, eso me dijo mi madre cuando le dije que yo quería ese bebe para reyes.
-No se vende, está allí porque lo van a rifar, es una rifa de navidad y el dinero que se saque es para la falla- puede que fuera para los negritos de África, no lo recuerdo bien.
-Púes compra números- le dije a mí madre, y ella obedeció y compró una tira de diez
números y me la dio para que yo los guardara; como me pareció que eran pocos números cogí dinero de mi paga semanal y compré cinco números más para tener más oportunidades de que me tocara el premio.
Todos los días iba a ver a mi precioso bebé; por las noches soñaba que lo tenía entre mis brazos y lo abrazaba, le cambiaba el pañal, lo bañaba, le hacía mimos, era tan feliz con este sueño que estaba segura de que se iba ha hacer realidad.
Mis hermanos me decían
-No te hagas ilusiones, nunca toca, no te tocará a ti. Sí, harán trampa, le tocará a la de la tienda y luego lo venderá ¡Ya lo verás!
Pero yo creía que no, que solo me podía tocar a mí, que era ya mío, porque yo lo quería con más intensidad, con más vehemencia o con más pureza o qué se yo.
Unos días después del seis de enero salió el premio, le tocó a otra niña de mi barrio y como yo estaba tan segura que me iba a tocar a mí, tampoco se lo había pedido en mi carta a los reyes magos, así que me quedé sin bebé, sin niño que arropar, apretujar y querer. A cambio los reyes magos me dejaron una muñeca estilizada, rubia y desgarbada que mi hermano pequeño me cambió por un rifle. Cuando se aburrió de ella me la devolvió sin brazos, sin piernas, sin ojos y por supuesto quería su rifle y su arco con flechas.

lunes, 17 de enero de 2011

buscando un argumento

Estoy en esa parte de mi carrera literaria en la que me digo; no sé por qué no escribo una novela, hay miles de personajes esperando, y los puedo sacar cuando quiera porque por muy extraño que parezca, todas y todos son yo, todos están dentro de mí o en lo que observo a mi alrededor, en vosotros.
Cada temporada de nuestra vida acude uno; el violento, el cariñoso, el miedoso, el loco, el aguantador y por género femenino; la aguantadora, la loca, la nerviosa, la tranquila, la lista, la tonta, la madre, la hija, la hermana, la suegra, en fin, un sin fin de personajes.
La trama; miles de tramas; Una vida insulsa llena de obligaciones y de vejaciones,
o una mujer que cree que ya ha salido de todas sus desgracias y viene su hijo separado y con dos críos pequeños y le dice “Mamá échame una mano yo solo no puedo” O la familia feliz de clase media alta, con un hijo loco o drogata, y de su familia a los que ha dejado hechos mierda. Ese parado que va a perder la casa por unos usureros, peseteros ruines y crueles. Esos seres desalmados que perdieron la fe hace muchos años. O una mujer que tiene miedo a todo y a todos, que no se permite ser feliz, o que vive bajo la presión de su marido, de su madre, de su hermano o de todos y cada uno de los seres que le rodean, un día se libera de todo porque ha encontrado el verdadero amor y como cree que no se lo merece, se quita la vida.